Las elecciones al parlamento europeo de ayer estuvieron signadas por el constante machacar de las multinacionales sobre los medios de comunicación (y estos sobre todos nosotros) sobre los peligros de su propia crisis que nos quieren hacer pagar a todos. Luego de meses de ejercer presión sobre los Estados para que desvíen los fondos de la sociedad para pagar su inoperancia y su voracidad, poniendo en riesgo la imagen y la capacidad simbólica y material del Estado como árbitro de las democracias burguesas, casi la mitad de los españoles se sumió en la abulia y la abstención.
Luego de alzarse con menos del 20% de los votos del total del padrón electoral, un torpemente extasiado Mariano Rajoy bramó para el grupillo de fascistas (plenos de ánimo destituyente) que lo vivaban: "no los vamos a defraudar".
Entre quienes desde la sede del PSOE Buenos Aires seguíamos aquella fantochada, aquella frase despertó el abucheo generalizado porque remitía directamente al lema electoral "Síganme, no los voy a defraudar" que el ex presidente Carlos Saúl M. popularizó en 1989. Carlos Saúl fue quien instauró, como ningún otro, la política neoliberal en Argentina entre 1989 y 1999.
Claro, la versión argentina llegó al poder prometiendo "revolución productiva" y "salariazo" y cuando accedió al gobierno se asoció a los grupos económicos y remató el Estado a manos privadas, dejando una multitud de personas desempleadas o subempleadas, así como quienes conservaron el trabajo vieron lacerados sus derechos e ingresos.
La versión española es mucho más transparente: propone, por citar sólo dos ejemplos, dejar en manos de las empresas a los trabajadores (facilitando y abaratando despidos) y dejar en manos de la multinacional de la fe, la moral y las buenas costumbres los derechos sexuales de todos y todas.
Este sí que no nos va a defraudar, nunca tuvimos fe en él.
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